El Alcázar Legislativo
- Leila Yamila Parada
- 18 jul 2018
- 6 min de lectura

Ardía un Sol infernal ese mediodía. Sentía que mis pies pesaban como el plomo del cansancio y, sin embargo, continuaba caminando. No pensaba descansar estando tan cerca del Alcázar Legislativo, adonde me dirigía. Entonces paré, agotado, y me eché en el suelo. De no ser por esos salteadores que dos días antes me habían robado mi mula, no habría tardado tanto. Perdón Padre Santo, pero los maldije hasta el cansancio.
Como una hora más tarde me levanté, temía quedar rostizado por el calor, y busqué una sombra desesperado. A lo lejos divisé lo que parecía un enorme árbol, y corrí hasta él con lo que me quedaba de fuerzas. Una vez echado bajo su refrescante sombra, abrí mi pequeña bolsa de viaje, lo único que esos desgraciados ladrones no habían logrado quitarme, y comí un poco de pan duro. Luego bebí agua de mi odre viejo y, sin darme cuenta, me quedé dormido. Al poco rato, un grito me despertó:
-¡Buenas tardes, buen hombre! ¿Lindo lugar para echarse una siestita, eh?
Me desperecé y vi a un anciano en un carro tirado por caballos. Se notaba que era rico, quizá alguien importante. Si hasta una excelente cubierta contra el Sol tenía su carruaje.
-Buenas, señor-saludé-, la verdad es que sí, el cansancio me ha obligado a descansar aquí. Ya ve usted el día terriblemente caluroso que hace hoy.
-Ciertamente es así. ¿Lo han dejado abandonado o se ha perdido, amigo?
-Me dirijo al Alcázar Legislativo. Montaba en mi fiel mula cuando salí de mi hogar, pero unos salteadores me la han robado, y junto con ella el resto de mis pertenencias. Sólo me ha quedado esta vieja bolsa, donde traía mi odre con agua y el poco alimento que resta.
-¡Oh, qué pena! Lo compadezco. ¿Podría preguntarle el motivo de su deseo por ir al Alcázar Legislativo?
-Anhelo descubrir cuál es la ley natural del hombre.
-¿Ley natural?-preguntó confundido el anciano.
-Así es. ¿Nunca se lo ha preguntado?
-En verdad, no, puesto que nuestras autoridades establecen las leyes por las cuales debemos regirnos.
-¿Y sabría decirme el origen de dichas normas? ¿Cómo saben nuestras autoridades lo que es correcto y lo que no lo es?
El señor del carruaje sonrió ante la cuestión planteada.
-Suba, buen hombre. Lo llevaré hasta el Alcázar. Su reflexión me ha dejado pensativo.
-¿Vendrá conmigo a averiguarlo?-inquirí.
-Gustoso iría, pero tengo otros asuntos pendientes. Tal vez, si volvemos a cruzarnos en esta vida, usted podría darme las respuestas a esas preguntas una vez las sepa.
-Se lo garantizo, señor.
Al llegar a mi destino, aquel buen sujeto se marchó, con la promesa de que me buscaría. El Alcázar Legislativo se levantaba de manera imponente ante mí. Me acerqué a la enorme puerta, pero un guardia apostado al lado de la misma me detuvo.
-¿Se siente totalmente dispuesto a pasar por esas puertas, señor?-me interpeló con el rostro inexpresivo.
-¿Hay algo que me lo impida?-lo recorrí con la mirada, notando que no sostenía ningún tipo de arma.
-Sólo el uso de su propia razón-contestó, confundiéndome.
-¿A qué se refiere? ¿Cómo podría impedirme entrar el uso de mi razón, si es gracias a ella que ansío ingresar?
-¿Su nombre?
-Chestibor. ¿Y el suyo?
-No estoy autorizado para dar datos personales, señor Chestibor. Ahora responda, por favor, ¿a qué ha venido?
-Quiero averiguar cuál es la ley natural del hombre. Deseo que me respondan.
-¿No se guía acaso por las leyes impuestas por nuestros legisladores?
-Me ejecutarían si respondo a esa pregunta. Me he planteado toda mi vida por qué debemos guiarnos por las normas que decretan nuestros dirigentes y gobernantes. Consulté una vez a un hombre viejo de mi aldea, pero sólo me dijo que la falta de estatutos provocaría el caos en todos los rincones del mundo… a menos que todos los hombres y mujeres supieran obrar en conformidad con su ley natural.
-Eso es enteramente correcto.
-¡Pero no quiso explicarme cuál es la ley natural del hombre!
-¿Por qué lo aqueja tanto esa cuestión, Chestibor? ¿No puede hallar en sí mismo la respuesta, acaso?
Me tomé la cabeza con las manos, desesperado.
-¿Cómo podría hacerlo, puesto que hay tantas personas que se guían por sus propias normas y son todas diferentes unas de otras, muchas malas y muchas buenas? ¿No existe una ley natural que sea aplicable a todos? ¿No es capaz de levantarse un principio imparcial por encima de todos que determine lo que es correcto y lo que es incorrecto? ¿Existe siquiera un fundamento universal arraigado al corazón de cada ser humano que le diga qué debe hacer y qué no?
El guardia comenzó a reírse por lo bajo.
-¿Cuál es la gracia?-pregunté frustrado.
-¿No se da cuenta, señor Chestibor? Acaba de responder el interrogante que lo trajo hasta aquí. No de forma coherente y completa, pero en cierta forma lo ha hecho.
-¿Qué? No lo hice. Por favor, déjeme pasar, necesito que me respondan mis planteos para que pueda morir tranquilo.
-Deje de pensar, señor. Libérese del uso de su razón y podrá entrar. ¿No se da cuenta que tanta meditación y discurrir de forma persistente logrará acabar con usted en cuanto atraviese esas puertas?
Retrocedí, un poco asustado por sus palabras. No comprendía cómo el reflexionar podía causarme daño.
-Ya, utilice su ley natural, de otra forma no puedo permitirme dejarlo entrar-insistió.
-¿Pero cuál es mi ley natural? ¡Es eso lo que debo escrutar! ¡No puedo emplearla si ni siquiera sé cuál es!
-Ése es su problema: piensa demasiado. Oriéntese por su inclinación lógica y ecuánime. Ésta, de igual manera pero no completamente, se basa en lo racional. Dese cuenta, ¿Qué le dice su conciencia?
-En este momento es mi conciencia la que me impide apartarlo de un golpe-respondí ofuscado por la ira, pero controlándome.
-¿Ya ve? ¿Ya discierne? No se trata de sustituir una por otra, sino la fusión de ambas: lógica y discernimiento. Pero eso no deja de lado su capacidad de raciocinio ni la moralidad con la que todos nacemos… todo eso armonizado en conjunto es nuestra ley natural, al mismo tiempo que ninguna de esas bases puede guiarnos hacia nuestro orden propio y personal, ni juntas ni separadas.
-No comprendo. ¿Cómo pueden ser todas y a la vez ninguna?
-Existe un orden y una voluntad moral que gobierna inexactamente sobre todos los hombres, pero no sobre el orden y a voluntad moral que cada uno posee.
El guardia me confundía cada vez más. Medité en sus palabras largo y tendido, hasta el anochecer. Todo ese tiempo estuvo apartado de la puerta, pero por alguna extraña razón me sentía incapaz de entrar, aún cuando mi afán por hacerlo permanecía latente. Sentía que, si lo hacía, mi mente concebiría tanto hasta el punto de matarme, aunque no me aterraba.
Cuando amaneció y tras pasar toda la noche en vela, me puse de pie para tratar de entrar de nuevo al Alcázar Legislativo. El guardia me miró taciturno y dijo:
-¿Has abandonado a tu propia razón, Chestibor?
-No-respondí con firmeza.
Sonrió de forma lúgubre, lo que hizo que un estremecimiento me recorriera la espalda.
-¿Piensas basándote en tu ley natural?
-Sí, y a la vez no. Tú determinarás el por qué.
-¿Aún te apetecen respuestas de parte de quienes habitan el Alcázar Legislativo?
-De eso no hay duda. Y lo asevero con el juicio tanto de mi mente como de mi corazón.
-¿Morirías por la respuesta que anhelas?
Dudé. ¿Estaba realmente dispuesto a morir con tal de que se me presente una solución a las tribulaciones de mi percepción? Miré fijamente al guardia. Por supuesto que lo estaba.
-¿No te había dicho, cuando llegué, que quería morir tranquilo? Si la contestación que me den apagará todas mis dudas y logran calmar mi conciencia, entonces sí. Estoy absolutamente dispuesto, suene ridículo o no. Eso también deberás determinarlo tú, mi amigo.
-Al fin y al cabo, ¿cuál es el afán del hombre, sino el de darle sentido a su existencia y buscar las diferencias entre la vida y la muerte?
-Ciertamente.
Nos contemplamos por lo que me parecieron horas, hasta que, extendiendo su brazo, me invitó a pasar. Antes de ingresar completamente, me detuvo tomándome del brazo, y me susurró:
-Si logras salir vivo, me gustaría que tuviéramos una larga y mortal conversación acerca de lo que sea que logres averiguar allí adentro.
Aunque me tomó por sorpresa, sonreí. Extrañamente me sentí aliviado.
-Eso te lo prometo. Pero, ¿serías capaz de contener las respuestas que la ley está dispuesta a darme?
-Yo ya he hallado mis respuestas, hace muchos años cuando entré allí, sólo que buscaba algo distinto a lo tuyo. Pero me gustaría tener un debate contigo si consigues sobrevivir, aún si eso culminara en mi extinción. O la tuya.
Le estreché la mano.
-Gracias-le dije.
-Tal vez quieras mirar el cielo antes de entrar, pues no sabes si saldrás algún día.
Obedecí, ya que me pareció lógico. Después de unos segundos, su mano se apoyó en mi hombro, y un cálido céfiro trajo consigo un murmullo:
-No te tardes, Chestibor.
Me di vuelta y, para mi sorpresa, el guardia había desaparecido. Un pequeño charco de agua estaba en su lugar. Sin pensarlo más, me introduje en el Alcázar…
Desde entonces, lamento profundamente haber tomado dicha decisión. Desde que observo a las personas sin poder hablar con ninguna, he hablado una vez con el susurro ventoso del guardia, dejándome con más dudas de las que tenía. Ni siquiera mi ley natural ha sido capaz de librarme de las cadenas de la deficiencia…
Autora: Leila Yamila Parada (la blogger)





Comentarios